miércoles, 4 de noviembre de 2026
YO VI CUANDO MATARON A BACHOMO 110 ANIVERSARIO DEL FUSILAMIENTO DEL GENERAL INDÍGENA MAYO
Yo vi cuando mataron a Bachomo
110 aniversario del general indígena Felipe Bachom
A la memoria de Francisco Valenzuela Valenzuela
Por su incansable lucha por las causas indígenas
PRÓLOGO
Dicen que la historia la hacen los pueblos; pero es escrita por los vencedores. Sin embargo, en literatura, aun cuando pequeñas dosis históricas reflejen una parte ínfima de los sucesos, ficción o no, recreación imaginaria, puede también elaborar situaciones que se esconden tras la nada, tras el vacío; suposiciones y conjeturas que se piensan y se escriben sin ningún elemento de comprobación precisamente por la magia que envuelve a la literatura.
En este contexto, el cuento puede sobreponer su propia historia sobre una historia que nunca se va a escribir, pero que ahora se puede contar.
Revolucionario o bandolero, , héroe o villano, partidario de las causas justas o criminal, el recuerdo del general Flipe Bachomo permanece latente entre los pobladores de la región norte de Sinaloa.
Figura controvertida por su papel en nuestra historia regional, Felipe, “El Misi” Bachomo es vituperado, calumniado, descalificado por unos, y vitoreado, enaltecido y elogiado por otros.
Lo cierto es que el Indio Bachomo forma parte de un momento histórico de la época revolucionaria en la región. Papel que aún no ha sido bien definido entre los historiadores y cronistas, atisbos historiográficos nos proporcionan a final de cuentas las particulares características de un personaje de novela o de cuento.
Que si fue pagado por Benjamín Johnston para afectar a los terratenientes de la época y así el empresario norteamericano quedarse con la mayor parte de las tierras de la región; que verdaderamente fue un luchador por las causas de su raza y un verdadero revolucionario, puede ser trascendente para la Historia. Para la literatura, que tiene su propia verdad en su contexto narrativo, su propia historia en su trama y su propia realidad en su contenido, lo que más importa es tocar, acariciar, hacer un guiño a la sensibilidad del lector y lograr que este viva cada una de las realidades estructuradas en estos cuatro cuentos que, en homenaje y por motivo del primer centenario del fusilamiento del general villista, editamos con el apoyo de la Universidad Autónoma Indígena de México (UAIM).
En la actualidad, a ciento diez años de la ejecución del general villista, nativo de la región norte de Sinaloa, México, realizamos esta edición especial de cuatro cuentos de autores sinaloenses, para disfrute de lectores y público asiduo a la narrativa digital.
Gilberto Vega Zayas
UNA AVENTURA INCIERTA
José Armando Infante Fierro
Rosario Grijalva bajó del caballo y alzó la vista protegiéndose de la resolana con el ala de su sombrero.
Una ventisca fresca le ayudó a aliviar los calores de junio que empapaban su gruesa camisa de algodón.
En la lejanía, desde lo alto del cerro de Camayeca, un hombre a señas le indicaba que se acercara. De su caballo tomó las alforjas y, casi por instinto, acarició la cacha de su pistola que ocultaba entre sus ropas.
Resopló para disipar su nerviosismo y, sin prisa, se encaminó hacia donde lo esperaban, jalando la rienda de su montura que lo seguía con docilidad. Se puso las alforjas al hombro y con su mano derecha sostenía el extremo que le quedaba delante, como no queriendo estar lejos del arma que horas antes le había dado mister Johnston.
—Por si se te ofrece —le había dicho en su acostumbrado acento extranjero, al tiempo que le ofrecía una Smith & Wesson calibre .38 que había traído en su último viaje a los Estados Unidos.
A veces pensaba que la lealtad lo llevaba demasiado lejos, pero sentía que era el principal legado que le había dejado su padre. Quizá por eso deshacerse de ella era una carga más pesada que sus fuerzas. Desde niño había aprendido sin cuestionarse demasiado que su padre era para él un ejemplo de honestidad, trabajo, amor a la familia y una lealtad, como lo que lo tenía metido en una aventura incierta: hacer contacto con el indio Bachomo.
Desde el primer momento que aquel indio formó su gavilla que se dedicaba a asaltar a quienes transitaban por el camino a El Fuerte, una ola de resentimientos se levantó entre las comunidades afectadas.
Los indígenas de la región se encargaron de propalar la versión de que estos ataques los hacían por venganza contra los yoris. Algunos pensaban que lo que se decía era cierto y otros mostraban sus reservas, pero la verdad es que pocos asaltos se hacían sin víctimas. Desde entonces se empezó a tejer una leyenda acerca de las atrocidades que sufrían los que se aventuraban a transitar en carretas entre Mochicahui y San Blas. Quienes no tenían más remedio que emprender el viaje, avanzaban con la prisa que da el miedo.
Un tambor anunciaba la avanzada de Bachomo. Luego seguían los gritos que sonaban amenazadores entre la espesura del monte de mezquites y pitahayas. Con el pánico reflejado en sus rostros, los viajeros golpeaban sin piedad a las bestias y empezaban a disparar con desconcierto al aire y a los matorros, creyendo ver enemigos a cada paso. Sin embargo, el ataque de Bachomo y sus huestes no se hacía de inmediato, como para darle tiempo al miedo que los empezara a matar, apenas poco antes de caer heridos de muerte por las flechas que los gavilleros disparaban desde sus monturas en movimiento.
Eso fue al principio. Después los ataques llegaron hasta Los Mochis y Ahome. Se decía que ya no eran simples bandoleros, sino revolucionarios que se aliaron primeramente a las fuerzas de Venustiano Carranza y luego a las de Villa.
Mister Johnston le había dicho:
—Rosario, si Bchomo va a seguir metiéndose por estos rumbos es mejor echar una platicada con él.
Meditó muy bien las palabras que había escuchado. Siempre pasaba lo mismo. Le gustaba detenerse un poco para ver si lo que oía era exactamente lo que le había querido decir Mister Johnston en su peculiar español. cuando le mencionó a Bachomo, Rosario estaba seguro de que se trataba de algo importante.
Uno de los trabajadores del ingenio azucarero de Mister Johnston era Pedro Jocobi, sobrino del cobanaro de Mochicahui, hombre de quien se sabía estaba muy cercano a Felipe Bachomo. Aprovechando esa relación, por medio de él se hicieron los arreglos para una entrevista.
—Que se presente mañana a las diez de la mañana en Camayeca. Allá lo van a estar esperando –le dijo por la tarde.
Mister Johnston recibió con satisfacción la noticia y le dio instrucciones para que esa misma noche lo viera en la Casa Grande.
Rosario vio con recelo que varios hombres armados a la vera del camino se mantenían expectantes si quitarle la vista de encima. Al llegar a las faldas de aquellos promontorios reconoció a un joven indígena que se adelantó en su montura. Era Jocobi, quien al parecer había sido comisionado como su enlace.
—Súbase. De aquí jalamos un rato pa dentro –le dijo apuntando con el rostro más allá de los cerros.
Grijalva montó de nuevo y siguió a aquél hombre en silencio. Las pezuñas de los caballos resonaban entre las piedras como el goteo de agua dentro de una noria. El tranco de los animales se vio presionado por otros dos jinetes que se agregaron atrás de Rosario formando una columna. Aunque el hombre de confianza de Johnston se decía que si lo quisieran matar ya lo hubieran hecho, el sudor de sus manos indicaba la debilidad de sus convicciones.
Al entrar en una pequeña cañada, divisó un campamento desparramado en el que sobresalían un largo brazo de humo arañando el cielo y un rumor de voces.
—Ya llegamos –dijo Jocobi —que llevaba la delantera.
Rosario bajó tratando de descubrir algún detalle en esos hombres que indicara quién de ellos era el cabecilla Felipe Bachomo.
Él buscaba con la mirada y las otras miradas le indicaron una dirección que siguió hasta que paró en un hombre acuclillado que veía los rescoldos de la hoguera con un jarro de café entre las manos.
—¿Y qué se trae el gringuito? —preguntó sin voltear a ver a Grijalva.
—General, Mister Johnston le manda un mensaje —dijo, al tiempo que sacaba un papel doblado en tres partes y sellado con lacre.
Bachomo se levantó y con un movimiento rápido tiró el resto del café que todavía le quedaba y dejó el jarro en el suelo.
Rosario pudo ver que Bachomo era más joven de lo que él se había imaginado, o quizá aparentaba menos edad.
Lucía un sombrero de palma con las alas anchas y que extendía hacia el frente como para ocultar la dirección de su mirada. Usaba un pantalón gris de ranchero con una vista lateral que recordaba días de fiesta. Calzaba botas de color pardo que se antojaban un poco grandes para su dueño. Su camisa era blanca, un poco arrugada, con botonadura al frente que dejaba al descubierto parte de su lampiño pecho.
Los ojos de Bachomo se empequeñecieron aún más al estudiar al recién llegado.
—¿Y qué dice el mensaje del gringuito? –preguntó Bachomo con lentitud.
—Aquí lo tiene, general –dijo Grijalva extendiendo el papel color marfil.
–Ah que mi amigo –dijo sonriendo. Pues ahora léalo, que si he llegado a general es por lo que he hecho con las armas y no en la escuela.
Rosario mostró el documento como para que todos se percataran que el sello no estaba roto, y con cierta ostentación procedió a romperlo.
Lo desdobló con cuidado y buscó los ojos de Bachomo. Grijalva se sintió presionado para iniciar la lectura por la mirada inquisitiva del líder indígena.
“Los Mochis, Sinaloa, junio 10 de 1915.
Estimado General Flipe Bachomo”.
Grijalva volteó hacia Bachomo y éste le hizo un gesto de aprobación, como para animarlo a seguir leyendo.
“Reciba de mi parte la comprensión y apoyo para sus actividades revolucionarias.
Sepa que los ideales que hoy buscan consolidarse en México, fueron antaño causa de muchas inquietudes en mi país. Lo que fue antes un sueño, ahora es una realidad que nos lleva adelante, con bienestar y progreso para todos los americanos. Esto mismo es mi deseo para México, país que me ha recibido con gran hospitalidad y al que me siento profundamente ligado.
Con el portador de la presente, le mando una muestra del apoyo que le patento en estas líneas, con la seguridad de que su causa también es la mía.
Cordialmente
Benjamín Francis Johnston.”
Un silencio rubricó junto con “Johnston” el final del mensaje. Rosario sintió que unas gotas de sudor resbalaban por su rostro y se desprendían para detener su viaje en aquella carta que aún mantenía entre sus manos.
—¡Ah qué gringuito! Ahora hasta me resultó revolucionario –dijo Bachomo, moviendo la cabeza al tiempo que una sonrisa iluminaba su rostro.
Rosario adelantó las alforjas al general villista junto con la carta que había vuelto a doblar. Bachomo le entregó el papel a un ayudante que no se le separaba ni medio metro de donde él estaba y se quedó con las bolsas de cuero que le extendía el enviado de Johnston.
—Son cien mil pesos oro, anticipó Grijalva.
—Pos quiere bien la revolución el gringo —dijo Bachomo atisbando el interior donde relucía el metal amonedado.
—Mister Johnston sólo le pide que la revolución no llegue hasta Los Mochis —sugirió Grijalva con reservas.
—Pos yo creo que no puedo prometerle tanto. Que se conforme con que usted regrese vivo.
Una risita remató las últimas palabras del general indígena y sirvió de pretexto para que los demás que escuchaban la conversación rieran ruidosamente. Grijalva quedó serio y sin pestañear. Posó su vista lejos, en un punto donde se divisaba un huisache que se mecía con el viento. Por un momento no pensó en donde estaba, sino en aquellos árboles que se aferran a la vida apenas con nada.
Nunca terminaba de asombrarse cómo crecían entre piedras y sin agua.
La voz de Bachomo interrumpió.
—Dígale a don Johnston que la revolución nos tiene a todos en un hilo. Que por qué mejor no se va a dar una vuelta con su familia pa los Estados Unidos. Le caería bien.
—Se lo diré —dijo Rosario.
Felipe Bachomo alzó el rostro y le hizo una seña a sus hombres. Grijalva montó su caballo y tomó el camino de regreso.
—Que le vaya bien! –le gritó Bachomo alzando la mano a manera de saludo.
Rosario volteó a verlo y le sonrió. Con su mano derecha hizo un saludo militar y apuró su caballo. Dos hombres lo acompañaron hasta Camayeca y de ahí siguió solo el camino para Los Mochis.
No volvió a ver a Bachomo hasta el día que lo fusilaron.
YO VI CUANDO MATARON A BACHOMO
Gilberto Vega Zayas
Fue un día de San Antonio de 1916. Yo bien me acuerdo porque estaba allí, muy cerquita de él cuando lo mataron. Le cosieron el cuerpo a balazos con la muina con que se mata a una víbora. Y me acuerdo muy bien porque me traje a mi compadre desde Mochicahui para ver la muerte de Felipe. A Bachomo no todos lo querían, porque ya había causado muchos destrozos. Por eso los Yoris lo mataron, porque ya no lo aguantaban. El tata decía que el indio era una llamita.
Eran como las dos de la tarde cuando llegó el tren de San Blas. El sol no estaba y la cara del cielo estaba muy triste, como queriendo llorar.
Era ese tiempo en que los vientos del norte se dejan venir entre los cañaverales, trayéndose el olor a caña. Cuando el olor del viento sabe un poco a miel y otro poco a tierra mojada, y los chanates llegan en parvadas a comerse los maizales.
Ese día íbamos corre y corre como locos detrás del tren que trajeron los gringos.
Primero lo fuimos a encontrar en cuanto divisamos el chorro de humo que se asomaba a lo lejos, detrás de los mezquites. Y a como venía llegando, la línea de humo se hacía más grande, y se iba pegando con el manto gris que cubría el cielo.
Volvimos al lugar donde lo fusilaron, con el resuello tan gordo como el de una vaca pariendo. Algunos de los que estuvimos allí no queríamos que lo mataran, por aquello de devolvernos las tierras. Y también porque se dio a querer entre nosotros. Pero del otro lado estaba el gobierno que lo andaba buscando, por eso de tantas muertes que había causado.
Cuando Felipe pasaba por San Miguel, lo saludaban con el sombrero en la mano. Y no se diga en Camayeca, o en Charay quera su tierra. Por allí todos lo respetaban. Pero en otros pueblos le tenían miedo, por el matadero que hicimos en Ahome.
Ese día que lo mataron me entró un calambre que me aflojó las corvas. Perdí el valor porque varias veces me dijeron que yo era de su banda. Pero les dije: no lo conozco.
Al bajarlo del tren, traía su cara tan serena como una mula. No rezongó. Pero él se lo buscó de ese tamaño. Porque sigo pensando que hizo mal en entregarse. Alguien le dijo antes: “no te entregues Felipe, te van a traicionar”. Pero era tan terco el indio. Se le metía una cosa en la cabeza y no había quien se la sacara de’ahi. Así fue siempre. Yo lo conocí de cerca desde escuincles. Desde que andaba bichi entre los animales, talega a rais, todo mocoso. Creciendo entre cardones y nopales, y entre piedras grandes y corrientes de agua.
Al juntar los primeros hombres para pelear por la tierra, vinieron a buscarlo para que se uniera a la revuelta. Y después cuando mataron al Presidente, que se dividieron los bandos, también lo buscaron. Me acuerdo que en ese entonces le dijo el tata: “como esperanza es lo único que tenemos, sigue peleando por lo tuyo, que al cabo ya poco nos queda”. Y nosotros ya habíamos perdido todo en la bola, todo. Chimames y gallinas, y hasta el trabajo en la labor. Y todo por andar de revoltosos. Ya nos habían quitado la tierra desde antes. Eso nos contó el tata. Y andábamos de aquí pa’ un lado y parotro, matando gente. Quesque para recuperar las tierras que mucho antes nos habían quitado. Y nunca recuperamos nada. Pero “el Misi” era terco como una mula, y siguió matando gente. Aunque no nomás por matarla. Una vez ordenó afusilar a uno de los nuestros que había matado a un yori por puro gusto. Y eso le dio mucho respeto. Ni siquiera pensaba alguien darle una contra.
Al terminar la revuelta muchos de nosotros no encontramos pa donde tirar. Yo por lo menos perdí mi casa en Mochicahui, mis animalitos y mi familia desaparecieron. Nunca los volví a ver. Sólo encontré los pedazos de pitahayas de lo que fue mi jacal. Y así como yo el Atilano y otros más que andábamos en armas.
Al que le fue pior fue a mi compadre Jacinto, a quien me traje de Mochicahui pa que viera la muerte de Felipe. Ya no quiso hablar cuando supo que la comadre se había ido con un yori. Él no perdió su casa, y sus animalitos todavía estaban allí cuando llegó, pero luego que se enteró de lo de su mujer, dicen que salió corriendo como loco perdiéndose entre el monte. Pero no perdió sus pertenencias. A mí me dio mucho coraje.
Me acuerdo esa vez que lo encontré agazapado entre los quelites. Era ya de tardecita y el sol estaba ya queriéndose acostar. Tenía tres días de andar buscando a mi compadre, y como supe después, eran los mismos que él había pasado allí metido entre los matorrales. Por pura sospecha me encaminé en dirección donde unos zopilotes dibujan ruedas en el cielo. En tres días estaba medio muerto, y en cuanto lo encontré le dije:
–Mira compadre, si te sigues amuinando te vas a quedar loco. Esto ya no tiene remedio. Vamos con mi hermana Eduviges a ver qué comemos. Pero mi compadre estaba ido; hagan de cuenta que le hablaba a una piedra. Se veía como si trajera el corazón engarrotado de tanta pena. Estuve dísele y dísele que nos fuéramos a platicar del asunto, pero siguió de necio. Sin moverse, sentado en una piedra boluda. Me paré allí, frente a él. Mirándolo y hablándole. Pero no me escuchó. O no supe si me oía y se hacia el desentendido, pero me di cuenta que no podía ni caminar. Como que estaba envenenado por algún piquete de animal ponzoñoso. Y a mi me venía la muina cada rato más fuerte. Y me brincaban en la cabeza los pensamientos de que sus animales y su jacal estaban todavía allí. “Y pa qué le sirven a éste”, pensé yo, si está bien ido. Y como la ponzoña mata en cuanto tienta al corazón, era de seguro que ya no le quedaba mucho tiempo a mi compadre pa’ acabar de morirse. Pero no. Le seguí hablando largo rato y todavía le quedaba un poco de brillo a sus ojos. “Esto va pa largo”, dije, y seguí cavilando a ver qué se me ocurría.
Fue después de tanto estar allí que se me vino a la cabeza lo del fusilamiento de Felipe, y el remedio más pronto para el mal que traía Jacinto.
–Pa que ya no sigas sufriendo compadre, te voy a llevar por el camino pa’ que se disipe de una buena vez el veneno que traes en el cuerpo. Yo cuidaré de tus animalitos y de tu casa, por eso no te preocupes. Y no creo que dure mucho fuera la comadre al saber que ya te llevó la pelona. Ya vendrá a reclamar lo suyo.
De allí me lo fui trayendo en hombros a Mochis pa’ ver la muerte de Felipe; y pa’ que se diera cuenta de que ya no le quedaba nadie por quién mirar.
Nos venimos platicando toda la noche y todo el camino. Aunque mi compadre no hablaba, nomás me oía. Yo sigo pensando que sí me oía. Porque a veces como que quería pujar. Sentía su barriga en mi hombro, que brincaba de repente.
La luz de la luna nos pegaba de lado. Nuestros cuerpos parecían uno en la sombra que se dibujaba en la tierra. Y engordaba y enflacaba, como un fantasma que se escurría entre las piedras.
El olor de las pitahayas y las tunas se metía fresco y salía caliente por los hoyos de la nariz. Todo el camino venía topándome con sombras en la tierra. Con sus brazos levantados, como si me estuvieran reclamando algo. Pero yo me hacía el desentendido y le hablaba más fuerte a mi compadre. Pa’ que se dieran cuenta que allí íbamos dos, y no uno.
–Ya casi llegamos compadre, la figura del cerro ya está más cerca del cielo, al otro lado está Mochis, y de mi comadre ya olvídate. Ya me lo afiguraba yo que algo de eso iba a pasar. Ya había visto yo moviendo sus ancas a la mula.
No vayas a enojarte compadre:
–¿Te acuerdas aquella vez que según tú viste a Espiridión salir corriendo por atrás de tu jacal? En ese tiempo se decía que el nagual rondaba en las noches por el pueblo. Por cierto que no lo creíste, y le distes unos chingadazos a tu mujer pa’ que te dijera la verdad. No pudiste siquiera sacarle una palabra. Y qué bueno, que bueno, porque no era Espiridión compadre, te lo confieso: era yo. Es que mi comadre me miraba con aquella lumbre que hasta a mí me fue quemando. No sé porqué la descuidaste tanto.
Ella me dijo una de esas tantas noches que andabas por la sierra, que después de la muerte del ahijado ya no volviste a ser el mismo con ella. Que te habías hecho como piedra. Que ya ni le hacías caso con eso de andar en la revuelta. Yo no sé si esa fue la causa, pero sí te digo que ella no perdía tiempo en encontrar el agua que apagara toda esa pinche lumbre que traía en el cuerpo saliéndole por los ojos. No sé cómo no te diste cuenta de eso. También yo te notaba muy pa’ la chingada desde la muerte de mi ahijado.
No te voy a contar cómo empezó todo, porque yo sé que todavía sientes feo por dentro. Pero es mejor que te acabes de enterrar en ese hoyo en el que te metiste. O no sé si te metiste tú o te metió en él la Candelaria, mi comadre pues, a la que ahora traigo ganas de torcerle el pescuezo por lo que te hizo. Mira que dejarte por un yori. Lo bueno que el ahijado se murió antes, si no el pobrecito sólo Dios sabe lo que hubiera sido de’l. Y te digo esto para que veas que la palomita no era tan pura como se creía. Te lo digo pa’ que te olvides della.
¿Te acuerdas compadre qué malo era pa comer el Chema? Aunque esa panzota que tenía como vejiga de cochi yo no sé con qué se le llenaba. Recién muerto, el dotorcito dijo: “a éste se lo comieron las lombrices”. Y yo creo que tenía razón, porque esos animales son canijos. Se lo van comiendo a uno poco a poco, y se esconden en lo más bajo de la panza. Si no acuérdate cómo al pobre de mi ahijado le ponías los dedos entre las costillas. Acuérdate cómo se las contabas; una, dos tres, cuatro. Me acuerdo bien que le contabas los huesos, uno por uno. Por eso te digo que el dotorcito tenía razón cuando se murió el Chema, al echarle la culpa a los animales que se lo fueron comiendo por dentro.
En la madrugada el sol iba saliendo como teñido en sangre. Y todo el amanecer pasé subiendo y bajando a mi compadre del lomo. Caminaba un trecho, y lo bajaba; descansaba un rato, y lo subía. Y es que mi compadre aunque chiquito y flaco, cansaba. Yo estaba acostumbrado a llevar leña pa' Mochis cuando todavía no me hacía de yegua alguna, perora la carga erotra: esta carga se tenía que morir en el camino. Y pensaba que yo no podía matar a Jacinto porque era mi compadre. Ha de ser duro el castigo cuando se mata a un compadre. Ahí la ponzoña se haría cargo dél. O cuando más tarde, al ver la muerte de Felipe. Esa era mi esperanza.
Como decía, me lo traje toda la noche en un lado y en el otro. Y venía tan suelto como gallina pa mercar, dándome de topes con su cabeza en la rabadilla. Y era cuando le decía: “no te pongas tan lacio compadre, que tienes la cabeza muy dura”. Y tan dura la tenía que no salió de lo ensimismado que venía.
Todo el camino le vine hablando a ver si acaso me contestaba y acabar ahi de una vez el asunto. Pero qué bueno que no lo hizo. Porque a lo mejor hubiera podido alguien seguir nuestros pasos. O más bien los míos, porque mi compadre no tenía pasos. Yo los tenía por él. Así es que daba mis pasos, y los de mi compadre a la vez. Los de mi compadre, y los míos; los dos a la vez.
Cuando llegamos a Mochis el sol ya se veía bien despierto. Me acuerdo bien que empezaba a sentir caliente una parte de mi cara cuando una nube se dejó venir por el lado de Topolobampo. Crucé parte del pueblo casi arrastrando a mi compadre, pero cuando la gente empezó a mirarnos lo volvía a cargar. A veces lo sentaba y me sentaba junto con él en alguna piedra, agarrándolo por el hombro. Pero tuve que seguir con él al hombro todavía parte de la mañana. Y cuando alguien me miraba con desconfianza, le decía: “es mi compadre; viene borracho”.
Al llegar a la vía del tren allí donde fusilarían a Bachomo, recargué a Jacinto en un tabachín. Sentados bajo el árbol esperamos a que trajeran al indio.
Cuando recién llegamos no había nadie allí. La gente se fue arremolinando poco a poco pa’ ver la muerte de cerca.
Los que estábamos del lado de Felipe éramos pocos esta vez. Y digo que éramos pocos porque el indio llego a juntar hasta seis mil cabezas. Eso oí decir. Yo no los contaba pero cuando me tocaba verlos desde los cerros los miraba como una fila bien grande de hormiguitas. Se pegaban de una loma alotra. Entonces daba gusto ver tantos cabrones entrándole a los plomazos. Ver cómo nos habíamos levantado como parvada de chanates espantados de la siembra, para llenar de terror las haciendas y sus alrededores. Por cierto todavía no entiendo porqué las tierras del gringo no las pisábamos de primero. Aunque la segunda vez que volvimos a las armas se perdió el respeto por el gringo, y también nos llevamos a su gente entre las patas.
En ese entonces todavía estaba el tata con nosotros. Y también le teníamos mucho respeto. Porque el tata era de buenos pensamientos. Y con sus cosas que traía en la cabeza nos fue haciendo una esperanza en la cabeza de nosotros.
La muerte de Bachomo para unos fue día de fiesta. Iban y venían alegres esperando a los federales que darían muerte al indio. Para nosotros no. Para nosotros se acabababan los pensamientos del tata, que traíamos adentro como llamarada y que poco a poco se nos fue apagando.
Me acuerdo quen cuanto oimos el pito del tren, y vimos la nube de humo que venía subiendo al cielo, todos corrimos a encontrarlo. A mi compadre lo dejé recargado al tabachín, todavía metido en su cabeza con los recuerdos de la comadre y el ahijado. O más bien en ese rato no supe si todavía estaba allí metido, o de plano ya se había ido. Pero allí lo dejé yo, pensando que ya no se levantaría.
La cara de Felipe se veía fresca, cuando lo bajaron del tren para matarlo. Tan fresca, como que ya se estaba muriendo. Lo afusilaron junto al tren que trajeron los gringos... Y allí acabaron las dos esperanzas. Allí terminaron, junto a las máquinas de los gringos.
Recibió mención honorífica en el Primer Concurso Estatal de Cuento del Colegio de Bachilleres de Sinaloa en Homenaje a Juan Rulfo en 1996, y publicado en el libro “De ánimas héroes y bandidos” editado por esa institución.
POR TODOS LOS ARROYOS
Gilberto Valdez Valenzuela
Acomodó la mochila y los cacharros que tendría que ocupar en su larga caminata. Le gustaba salir a galope y sostener la carrera hasta llegar a las proximidades de Charay. Ahora era distinto. José Robles iba al encuentro de otros compañeros. En vez de su ropa de ranchero vestía un traje beige. Fue al baño nomás a verse al espejo. Se acicaló el bigote y a su espalda se acomodó un 30–30 que le habían entregado al cambio de unos cerdos.
Andaba cabizbajo, con el ceño recio, pero todavía con el ideal de justicia por delante. Las súplicas llorosas de Juana, su esposa, interrumpían su marcha, su propio nerviosismo y el llanto de los niños le confirmaban la dureza de la lucha. A veces, tanto indiferentismo del pueblo lo desanimaba. Pero no, “´sólo la revolución nos va a devolver la tierra”, le decía una voz chiquita que venía de su alma.
Llegó hasta la cabeza de Juárez al centro de la plaza. Su hermano Victoriano, su compadre Roque y cuatro amigos lo esperaban agazapados en las sombras. Los seis sonrieron nerviosos cuando miraron a “El Grande”. Juntos se iban a la montaña. Una forma de resistir al porfirismo era combatiéndolo en pequeños grupos desde la retaguardia. Nadie los había notado hasta que empezaron gigantescas letras B en círculos.
Dueños de las lomas, los siete acamparon en El Altillo. Allí arrejuntaron la vitualla: de un tibor amarillo hicieron rodar cinco kilos de frijol negro. Victoriano extendió un lienzo blanco que había traído en su hombro derecho. Al abrirlo creyeron encontrar un arsenal. ¡Ni madres! Era un puñado de chiltepines.
Los ojos de Robles crecieron desmesurados. Sólo eso. Sabía que esa cara de verdadera tristeza era el despeje previsor de comicidad. Y para demostrar que el desfiguro de su hermano traía mensaje, el líder enarcó las cejas… y sobreentendido fue a la cima del montículo. Diez minutos después bajo con un cañón de montaña y dos ametralladoras.
Esa era la última palabra de José Robles. Le parecía que los tiempos de Julián Bacame y Manuel Bainoro, o esa farsa de rebelión indígena era un espectáculo con lenguaje de muerte y descorazonador.
Los ahí reunidos, querían convencer a Bachomo de emprender tareas más importantes y abandonar las imprevisiones tácticas de caminar siempre de El Guayabo a Tesila y de Tesila a Camayeca.
Al informar de los planes, la respuesta de Bachomo adquiría un tono nostálgico. Hablaba del salvamento de la etnia y de ciertos límites infantiles que no podían rebasar contra “los hombres de razón”, los blancos.
En ese intento de sensibilizar a Bachomo, Robles le hizo sacar afuera trozos de sus ruinas interiores: buscar en Mochicahui a Elvira Cázarez, vocear y gritar su nombre entre la niebla, abrir baúles íntimos y trenzar las misteriorsas redes de acciones ocultas, reconocer que no era un revolucionario, sino un pichoncito de campanario que aspira a águila real.
En una ocasión, haciendo una pausa cargada de vacío, “El Misi” aceptó aliarse a las fuerzas de Robles. El plan consistió en tomar Los Mochis. Se escogió la noche del 15 de noviembre. El compadre Roque trazó en un plano las posiciones que asumiría cada grupo de combatientes.
Esta es la esquina de las calles Sonora y Chihuahua, a corta distancia está del chiname del cuate Celleli.
—Yo estaré en este punto –el índice de Roque señaló la prolongación que lleva al barrio de La Sinaloa, —desde ahí daré la señal para que ataquen la Comisaria.*
Ni modo de enseñarles los puntos débiles de la defensa. Los Mochis sólo era una gran hacienda.
Al día siguiente, como hormigas, los villistas invadían los terrenos de la finca. Bachomo se acomodó su sombrero Stetson y avanzó hacia el portón de los Tastes. A sangre fría derribó a dos de los guardias a carabinazos. Todo cuanto era considerado útil era destruido o saqueado: sillas, mantas, collarines, ganado, bestias de tiro y silla.
Lo apremiante era destruir objetos que pertenecieran a los patrones. Todo se les escabullía de las manos y rodaba por todos los cerros y parajes que servían de campamentos.
Tras su primer combate en Tabelojeca, en octubre pasado, un periodista dijo que José Robles había despotricado varias veces contra Bachomo. Incluso, señaló que su jefe “está en camino de convertirse en un bandolero”
Animado por una insensatez de lucidez, Robles un día interrumpió mi paso y me invitó a comprobar cómo su general había sido engañado con las armas y con la venganza de los yoris.
—¡Ah, eso sí! —dice Robles roído por la angustia. Si miras hacia atrás, hacia dentro, rumbo al norte o bajo la sombra de enrancias barranqueras, descubrirás que la revolución no está aquí, que la vida está en otra parte.
Por eso había tomado la resolución de largarse con todo y caballo, el 30-30 y la montura de Roque, su compadre. Irse al refugio del Sabino a esperar nuevas circunstancias. Desde ese lugar rodeado por piedras, escuchaba el sonido de la locomotora, tropeles de caballos, gritos, balaceras y pláticas muy cercanas.
Vino entonces lo demás. Chico Espuma, el matón a sueldo de Johnston, había quedado de cara al sol con el cogote desangrado. Antes de morir, dicen que daba la impresión de ser un güíjolo descabezado entre estremecimiento y contracciones desesperadas.
Una noche lo sobresaltaron voces y tropeles de caballos. El aire en el norte era delgado, y la tirante quietud le traía un bisbiseo inteligible. Con una temeridad que nunca experimentara antes, se acercó al río donde muchas sombras, encaramadas a distintos niveles se disponían a bañar. Las armas estaban colocadas en pabellón. Robles estaba entre la maleza cubierto de miedo, jadeante. Pudo oír que “Bachomo ha decidido un alto al fuego definitivo en Movas”, gracias a la victoria del general Jesús Madrigal.
Y desde ese momento, se dispuso a seguir los pormenores de aquella promesa que le hizo a Bachomo para seguir trenzando las misteriosas redes de acciones ocultas que distinguen a la yoremada. Hay cosas que no deben decirse a nadie. Aunque uno lo desee. Nada hay que decir. Nada, a nadie.
Ni modo, Felipe no pudo esquivar la labia catrina: un indígena revolucionario. Indomable. Ejemplo de su raza. Íntegro en el combate. Insobornable. Villista. Enamorado… entre otras lindezas, que el alacrán de los elogios encrestó.
El vértigo de la perversidad se paseó orondo por la estación del F. C. Kansas City. Luego el abandono. El indiferentismo del pueblo ahí reunido.
Lo quisieron vendar. Hace más corto el desconsuelo —le dijeron. No hacía falta. Él ya había escogido el brillo de la mirada de Elvira Cázarez.
Una cuenta de luz, la última, se va con los párpados cerrados. A dónde ir sino al cauto acecho. Con los ojos muertos oyó los cerrojazos, el mismo ruido ominoso, el cruce de espadas de todos los tedios de la vida. Bastó un solo, ese del “parabelum” del capitán Fierro.
Después del chasquido vino la hemorragia, lenta, como el infortunio del desamparado que la acompaño hasta es día de su fusilamiento.
A desenterrarlo vamos. Está bien muerto. Blanco y empequeñecido. Listo para dormir en todos los arroyos y evitar que el viento amargo nos vuelva ciegos y mareados.
Adrede, la sensible despedida se hizo tumultuosa. Tajante la burla del gringo se disfrazó de condolencias. El indio cabizbajo reconoce que la memoria no se hace vieja… tan sólo perdidiza.
Y por eso sus restos, a pesar del “inexplicable” y largo destierro se ha convertido en la mayor venganza de yoris y yoremes de Jahuara.
*Tienda de raya de la Sinaloa Sugar Co.
SE VA A SALIR EL MAR
Juan Eduardo Martínez Leyva
En esa ocasión no pudo regresar a tiempo. Diversos sucesos imprevistos le impidieron estar en su casa el día prometido. Su mujer lo entendería: sólo algo extraordinario podía haberle retrasado.
Cuando era joven, Rogelio cometió algunos errores cuyo peso le tocó cargar por el resto de su vida. Su matrimonio temprano, su obediencia religiosa, que le hizo regalar al Santuario de Nuestra Señora de Guadalupe el trabajo de cuatro años como sacristán, los diez hijos que procreó. Todo eso era lo de menos. El error más grande fue haber elegido su carrera profesional con ese terco e inútil idealismo que lo distinguía.
Desde muy temprana edad, tal vez influenciado por alguna olimpiada o por el Pentatlón de su pueblo, Rogelio siempre quiso ser maestro de educación física y, para su desgracia, logró su objetivo.
En sus ratos más amargos y apremiantes, recordaba con profundo arrepentimiento aquella frase lapidaria que su padre una sola vez le dijo, pero que él jamás olvidaría: “¡Hombre, si serás tarugo! A esa beca que te dio el gobierno le hubieras dado mejor uso. Estudiar medicina, por ejemplo, hubiese sido más provechoso. Con la falta que hacen los médicos en los pueblos”. El tono español de ese viejo retumbaba aún en sus oídos hasta el aturdimiento.
Después de haberse graduado con honores, visitó prácticamente todas las escuelas en busca de empleo. Pronto se dio cuenta que educar en el deporte no era prioritario y que debía obtener el sustento de su familia por otro rumbo.
Antes de llegar a la desilusión completa Rogelio tuvo que vivir momentos denigrantes. En alguna escuela, cuyo nombre nunca quiso recordar, los padres de familia establecieron una cooperación quincenal para cubrirle el sueldo, motivados más por la necesidad de Rogelio que por la educación deportiva de sus hijos. Sin embargo, la buena voluntad y la capacidad de los bolsillos duraron muy poco. Rogelio pronto se quedó sin trabajo y nunca pudo asegurar un ingreso permanente a través de su devaluada profesión.
Desencantado de su idealista vocación y obligado por la necesidad decidió dedicarse al comercio. Lo hizo, ahora sí, con tal tino que su propio padre se sentiría orgulloso de él. Rogelio por fin había encontrado su ubicación en la vida. Lo había hecho en esa actividad a la que algunos llaman despectivamente economía informal.
Iniciarse en el sector mercantil no le resultó muy difícil. Con el ingreso obtenido por la venta del pequeño terreno urbano que su padre le heredó en San Juan de los Lagos, compró y acondicionó una camioneta de doble rodada. La llenó con la suficiente mercancía comprada de acuerdo con su sentido común. Convenció a su mujer que pasaría largas temporadas fuera de casa y emprendió la conquista de los pequeños y abandonados pueblos de la sierra de Sinaloa.
La idea de incursionar en ese nicho de mercado fue del padre Jaime, un joven sacerdote enviado por la diócesis de occidente a catequizar a los habitantes de esas inhóspitas tierras. Este hombre práctico pronto se dio cuenta de las enormes necesidades de sus pobladores pero también de las oportunidades de hacer negocio con ellos. “Es como ir a la conquista del oeste”, le había dicho en repetidas ocasiones el ambicioso pero acertado misionero.
A los habitantes de las rancherías cercanas Rogelio les vendía con gran éxito toda clase de artículos, considerados de primera necesidad en aquellos lugares, pero que se podían obtener a precios de ganga en los mercados de viejo de Guadalajara: estufas de carbón, lámparas de petróleo, ropa usada, zapatos para el campo, imágenes santas, libros religiosos y medicinas.
El intercambio no siempre se realizaba por dinero. Algunas veces Rogelio aceptaba a cambio de sus mercancías, animales, artesanías, mezcal y costales de maíz, entre otras cosas. Estos productos eran revendidos hábilmente a mejor precio en otros pueblos donde él sabía que escaseaban.
En ocasiones el intercambio se hacía por cosas menos convencionales pero de igual o mayor valor, tales como: ancestrales secretos medicinales, mapas donde se podían localizar minerales preciosos, amuletos de ámbar, por sólo mencionar algunas. A veces el comercio era bastante primitivo como reprobable. Una rara inconsciencia o tal vez una mano invisible llevaban a Rogelio a realizar las transacciones más increíbles.
El día en que no pudo regresar a tiempo Rogelio hizo la operación comercial más osada de su vida. Cedió una caja con diez cobijas de lana a cambio de un indio Tarahumara llamado Felipe Camahuiroa.
Cuando Rogelio bajaba de la sierra en su doble rodada y se enfilaba a la costa por aquellos cobrizos y polvorientos caminos, cayó en la cuenta de lo que había hecho. El siempre anhelado retorno a su hogar de repente se convirtió en problema. Un profundo sentimiento de culpa se apoderó de él. Volteó a mirar al que ahora era su copiloto y se dijo en silencio: ¡Pero por Dios!, ¿para qué quiero yo a un indio Tarahumara? Esa era la primera pregunta que debía contestar para sí mismo y era también la primera que debía aclarar frente a su familia.
Por momentos estuvo a punto de regresar y devolver a Felipe a su anterior “dueño”. También se le ocurrió abandonarlo a su suerte en cualquier pueblo del camino. Entre las dudas Rogelio, mientras tanto, seguía construyendo en su mente las explicaciones que daría. A sus hijos, a quienes la educación marista les iba formando un sólido espíritu humanista, les diría que nunca fue su intención tener a Felipe como esclavo, ni siquiera como ayudante cargador. A Felipe le enseñaría los secretos del comercio para que un día llegue a ser un hombre de provecho.
A sus amigos le contaría que aquel indio le había motivado un profundo sentimiento filantrópico. Le financiaré los estudios hasta la Universidad, argumentaría orgulloso. Únicamente a su mujer, a quien era prácticamente imposible engañar, le revelaría sus verdaderas intenciones. Al buscar las más sabias excusas para ella encontró las verdaderas razones. A su conciencia penetró un rayo de luz que iluminó y estremeció su cuerpo entero. Ahora lo comprendía todo. No había sido un instinto mercantilista lo que había motivado ese intercambio inaudito. Era algo mucho más íntimo.
Los indios Tarahumaras, por su complexión física, condiciones de vida extremas y por su afición milenaria al juego de pelota, han desarrollado ciertas cualidades físicas que los hacen potencialmente invencibles en el deporte. La viva imagen del indio que entraba marchando al estadio, con una cerrada ovación del público y dejando atrás a sus más cercanos competidores, se convirtió en algo tan real que tuvo que hacer un alto para poder concentrarse nuevamente en el camino. “Felipe será un campeón, de eso yo me encargaré”, le diría convencido a su mujer.
En Felipe, Rogelio había encontrado la fórmula para revertir ese sentimiento de frustración profesional que aún lo avergonzaba. La aptitud magisterial que habitaba todavía en su alma, por fin tendría un medio para realizarse.
Sin quitar del todo la vista del camino, miraba de reojo a Felipe con mayor frecuencia. Observaba su calzón de manta blanca, sus huaraches de suela de llanta, su listón tejido con hilos de arcoíris amarrado en su cabeza, sus delgados pero tensos músculos de sus piernas desnudas, sus pequeños e inmóviles ojos de ébano, pero sobre todo observaba su mutismo.
Conforme la fantasía corría por su sangre, Felipe iba dejando de ser el copiloto incómodo para convertirse en la valiosa piedra bruta en la que quedaría esculpida la figura del gran campeón.
Felipe no hablaba bien español pero de alguna forma se hacía entender. Poco a poco se fue entablando una extraña conversación, en la que después de una larga pregunta de Rogelio, seguía una respuesta de Felipe en monosílabo. Con la plática, el terregoso camino se fue haciendo más ligero y al atardecer llegaron a las Olas Altas de Mazatlán.
Observaron maravillados la forma en que esa enorme moneda de oro se metía suavemente en su alcancía de agua. Vieron justo el momento en el que la última arista solar liberó un rayo de fuego vertical que se perdió en lo más alto del horizonte.
Ese hermoso espectáculo natural fue rápidamente ensombrecido por un acontecimiento inesperado. Rogelio nunca se imaginó el gran impacto que causaría en Felipe Camahuiroa su primer contacto con la inmensidad del mar. Montañas adentro el mar no existe ni siquiera como concepto. El ritmo cardíaco del indio se fue acelerando. El ir y venir de las olas se introducía, sin control, en sus nerviosos ojos hasta causarle mareo. La fiebre apareció también por primera vez en su vida y el pánico se reflejaba en su rostro curtido y sudoroso. Sus labios y sus manos no atinaban a decir nada.
Rogelio recordó que en la cajuela de la camioneta cargaba con un botiquín bien surtido que raras veces usaba y en el que se podían encontrar infinidad de remedios.
A fuerza de probar con una y otra medicina Rogelio logró controlar el calor que por momentos pareció incendiar el cuerpo de aquel pobre hombre. Cuando la fiebre desapareció el temor del indio se hizo más intenso. Al escuchar el vaivén de las olas que la marea subía a las garapiñadas rocas, Felipe gritaba y repetía obsesivamente palabras que nunca había pronunciado y que seguramente no comprendía del todo. “Se va a salir el mar… Se va a salir el mar…Se va a salir el mar”, decía rítmicamente.
Rogelio pretendió que Felipe entrara en razón echando mano de cuanta explicación se le venía en mente. El origen de los mares, la influencia de la luna en las mareas, el desnivel que existe entre los océanos, la rotación de la tierra sobre su propio eje que explica la noche y el día. La marea sube el nivel del mar por las noches pero en por la mañana lo aleja de la orilla, le decía sin lograr tranquilizarlo.
Al ver que sus esfuerzos no conseguían calmar a lo que parecía un disco rayado, lo enfrentaba con mayor rudeza.
¿Cómo se te ocurre decir tamaña estupidez? Le decía un tanto exasperado. Mira a toda esa gente que camina por las calles, ve a aquellas que corren por el malecón, observa todas esas casas construidas a la orilla del mar, a esos grandes hoteles, a los automóviles estacionados. ¿Tú crees que si el mar en verdad se fuera a salir, todos aquí estarían tan tranquilos como ahora lo están? Por favor Felipe, no seas necio y piensa un poco en lo que te digo, terminaba suplicando.
Por más que Rogelio se esforzaba para que el indio olvidara esa idea absurda, este seguía como poseído repitiendo con la cadencia del oleaje las mismas palabras: “Se va a salir el mar… Se va a salir el mar…Se va a salir el mar”.
Rogelio se dio por vencido y se propuso ignorar la obsesión de Felipe. Concentró su atención en otros pensamientos hasta que la cantaleta del indio se hizo imperceptible a sus oídos.
La camioneta de Rogelio había sido acondicionada con un espacio de descanso, de tal forma que cuando la noche lo alcanzaba, paraba el motor y se dormía como en su propia casa. En esta ocasión, preparó un par de colchonetas y se recostó sin mayor preocupación. Antes había tomado un viejo radio portátil que siempre cargaba con él, para sintonizar la estación que mejor se escuchaba. Tenía la costumbre de dormirse con el radio prendido.
En Mazatlán, después de las doce de la noche, las estaciones locales cambiaban su programación y sustituían la música de la tambora, las rancheras despechadas, los corridos de narcos, las tropicales guapachosas y hasta los escandalosos anuncios comerciales por la sublime música de los clásicos. Mozart, Bach, Beethoven, Chopin, Vivaldi, Tchaikovski, eran programados sin interrupción hasta las cinco de la mañana.
Lo que no pudo hacer Rogelio en casi seis horas de complejas explicaciones, la música lo logró en sólo diez minutos. Los latidos del corazón de Felipe se fueron acoplando a los golpes rítmicos de las Cuatro Estaciones de Vivaldi hasta quedar profundamente dormido.
Rogelio tuvo que levantarse y recostar a Felipe en la suave superficie de algodón porque se había quedado dormido en cuclillas como estatua de carne, “Sin duda la música amansa hasta al más loco”, pensó mientras admiraba la apacible cara del indio a quien cubría con una ligera sábana de lino.
Justo en el momento en que Rogelio pensaba que había pasado lo peor, el concierto de Brandenburgo de Bach fue interrumpido bruscamente para dar una alarma a la población. La voz aguardentosa del capitán Tirado, jefe del comité de protección civil del puerto, ocupó el lugar de la orquesta del Concertgebouw, diciendo: “Se les informa a todos los habitantes del puerto que desde este momento estamos en alerta máxima. El servicio meteorológico nos ha informado que se ha producido un maremoto, cuyos efectos esperamos en unos cuantos minutos. Se les pide a las personas que se encuentran cerca de la playa ponerse en mejor resguardo. Los habitantes de las zonas bajas deberán hacer lo propio”.
El capitán seguía dando recomendaciones mientras Rogelio no podía creer lo que había escuchado. Por momentos pensó que aquello era un sueño. Se asomó por la pequeña ventana de la cabina y comprobó que la gente se movilizaba con rapidez. El llanto de las sirenas de los viejos camiones de bomberos que se disponían a auxiliar a la población y los silbatos de los guardias nocturnos, lo ubicaron en una realidad que le costaba trabajo aceptar. Por momentos no sabía que hacer. Irse a un refugio y esperar a que pasara el peligro. Sumarse a los cuerpos de auxilio. Tomar nuevamente la carretera rumbo a las montañas. Despertar al indio y explicarle ahora lo que era un maremoto.
Felipe dormía como si hubiese sido sedado. Rogelio se preguntaba si la obsesión de Felipe había sido una premonición o era una casualidad. Pensó que los indios tienen capacidades y vías cognitivas distintas a las del hombre occidental. ¿Será capaz de anticipar el futuro? ¿Será capaz de modificarlo? Se cuestionaba con cierta angustia. El pensamiento religioso de Rogelio le ayudaba a tejer fantasías sobre los alcances de la mente de aquel hombre primitivo. ¿Y si es brujo?, ¿qué hacer con un indio brujo en Guadalajara?
Al tiempo que las preguntas se amontonaban, Rogelio conducía su doble rodada de regreso a las montañas. Al amanecer se topó con una misión de jesuitas ubicada en el pueblo de Choix. Allí dejó al indio Felipe y también la escultura nonata del gran campeón. Por segunda ocasión había visto truncado el éxito de su verdadera vocación.
AUTORES
José Armando Infante. (El Fuerte, Sinaloa). Sociólogo, narrador, editor y cronista. Ha colaborado en suplementos culturales de periódicos de circulación nacional y en los de su estado natal, Sinaloa. Algunos de sus cuentos han sido publicados en las antologías Entre sueños, sombras y otras realidades (2002), Literatura sinaloense siglo XXI —La otra literatura— (2006).
Gilberto Vega Zayas. (Los Mochis, Sinaloa). Editor, narrador y periodista. Funda y dirige desde 1977 la revista Amanecer, en versión impresa y digital, posteriormente Amanecer Sinaloa. Cuentos de su autoría han sido publicados en las antologías De ánimas héroes y bandidos (COBAES 1996), Diez escritores de Ahome (1998), Entre sueños, sombras y otras realidades (2002), Literatura sinaloense siglo XXI —La otra literatura— (2006) y publicado su libro de cuentos Para encontrar la salida (2002). Actualmente escribe su novela El escribano del inquisidor.
Gilberto Valdez Valenzuela. (Guasave, Sinaloa, 1958–2023). Profesor, sociólogo, editor e historiador. Ganó varios concursos de cuento en certámenes del sector magisterial. Es coautor de las antologías Entre sueños, sombras y otras realidades, (2002) y de los libros Derrotas bajo protesta (2003) y El Demófilo y el Fakir. Fue fundador y director de la revista Antifaz.
Juan Eduardo Martínez Leyva. (Los Mochis, Sinaloa, 1959), es economista. Fue miembro del Consejo Técnico de la facultad de Economía y del Consejo Universitario de la Universidad Nacional Autónoma de México, y desempeñó diversos cargos en la administración pública federal, así como en instituciones del sistema financiero.
Ha publicado diversos artículos sobre economía, finanzas y política en las revistas Economía Informa, Configuraciones y Amanecer Sinaloa; en el periódico El Universal, en el periódico La Crónica de Hoy y en el semanario Etcétera. Los últimos años los ha dedicado a estudiar mitología griega y mitología comparada entre diferentes culturas antiguas. Es autor de los libros Mitos clásicos y sueños públicos (2024) y Mitología y plaza pública (2026).
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